domingo 3 de enero de 2010

Mon Amour

"Discúlpame por estar ahí en silencio. No me tomes en cuenta esos instantes en los que mi sombra se guarece bajo tu nombre, necesito ese cobijo".

Mon Amour
Mercedes Sosa

No te condenes a perpetuidad
La cuerda existe y no te ahogará
Mon amour, mon amour
Te amo y te espero
Es algo muy ligero
La pluma en el tintero
Mon amour

Cuando mis versos puse en la pared
Tal vez sería porque yo que sé
Mon amour, mon amour
Te amo y no te encuentro
Es algo muy por dentro
El mundo hasta su centro
Mon amour

Si lo deseas me voy hacia atrás
En las mentiras no me perderás
Mon amour, mon amour
Te amo y nunca llego
Es algo como el fuego
La llama para un ciego
Mon amour.

sábado 2 de enero de 2010

Mario

Hacía tiempo que no tenía tantas ganas de llorar, Mario…

Me buscas, te aferras, me miras a los ojos buscando en mí el puente que puede conducirte a esa realidad que parecía tan inalcanzable.


Me agarras de la mano y me acercas a los cuentos y dices, señalando los dibujos: “agua, comer, pato”. Estás nervioso y feliz.

Después me conduces al ordenador y sujetas con fuerza mi mano, llevándola hasta el ratón. Tu cuerpecito tiembla y esas lágrimas que siempre niego, fluyen sin límite de mis ojos. Con cada imagen, tus labios se mueven, dicen el nombre: “león, aggggg”; coche, Sol, agua… Cuando te resulta más difícil, me miras expectante a los ojos, yo comienzo a nombrar y tú terminas. Y así vamos los dos…


Y hoy he llegado a casa impregnada de ese nervio tuyo por aprender y me he sentado a escribirte esta carta. Nunca la leerás, pero si no lo hago, creo que me voy a inundar por dentro, porque… ¿Sabes una cosa? Mutar en una extensión tuya me llena de muchas emociones, algunas desconocidas hasta ahora y desde luego, llegar a casa y olvidarte no es posible, por lo menos hoy; que debo estar especialmente sensible.


Carol

Palabras

Siempre pensé que las palabras dichas, sea en susurro cercano, o bien declamadas como puñales desafiantes a los cielos, quedan inmortalizadas en algún lugar recóndito. En una ocasión descubrí que las palabras también significan y, éste significar define todos los mundos.


Esa mañana, una palabra apareció camuflada entre las flores de aquel cuadro recién adquirido en el Anticuario del Paseo de Santa Catalina: “Luz”. Dudé, cerré y abrí los ojos varias veces. Me levanté y pasé las yemas de los dedos por ella, ahí seguía, grabada en el óleo, entre la
Caléndula y la Magnolia. Al instante,la composición se iluminó, chispas ardientes y pequeñas burbujas de lava recorrieron cada una de las flores, despidiendo un ligero olor a azufre.

Siguió la palabra: “Amor”, que pervivió muchas lunas. Me gustaba entonces permanecer en la cama, a oscuras. Cerraba los ojos y sentía un aliento ajeno, que recorría mi cuerpo y se mezclaba con mi propio olor, en una danza vibrante y armoniosa.


Así fueron pasando los días y las semanas. Cada despertar supuso para mí en aquella época la vuelta a mi espíritu de la expectación y de un sentimiento, años dormido, de excitación desbocada.En definitiva, un viaje vertiginoso a la materialización de las palabras.


La última, que acaba de aparecer, es: “Tiempo”. Ahora reparo en el suelo, naturalmente, allí están bajo mis pies los pétalos secos de las flores de mi cuadro. En el lienzo, siete tallos desnudos y el hueco mudo de cientos de palabras. Tengo miedo.


Carol

lunes 23 de marzo de 2009

Duendes

Ella sabía de su existencia desde hacía mucho tiempo. Los llamaba “Duendes del Ciberespacio”.
Cierta noche de tormenta le pareció atisbar a dos de ellos que la escudriñaban tras el teclado, en otra ocasión creyó escucharlos, aunque no estuvo segura… Pudieran haber sido los niños hablando en sueños.
La vida de María era bastante anodina, o así le parecía a ella. Los amigos de siempre con sus inalterables conversaciones, los mismos lugares año tras año, ese aburrido trabajo de secretaria... Por ello, se propuso traer algo de emoción a su existencia y dar caza a uno de esos diminutos seres.
Planificó minuciosamente su estrategia… Colocaría un plato con objetos brillantes junto a la cámara para llamar su atención, se vestiría de bruja moderna con una peluca de lucecitas y, lo más importante de todo... les pondría nombres: Arcadhul, Benistrim, Malamucis.
María iniciaba todas las noches el ritual. En el mismo instante en el que los niños daban su primer suspiro nocturno, se vestía muy despacio frente al ovalado espejo de su dormitorio, colocaba el plato de cosas brillantes al que añadía cada vez un objeto nuevo que rescataba de casas de empeño, viejos mercados y demás lugares apropiados para ello, encendía su peluca y los llamaba: Arcandhul, Benistrim, Malamucis...
A la séptima noche, del séptimo mes, a las siete y siete de una mañana que se negaba a nacer, María abrió los ojos, saliendo así de un extraño sueño y observó que tras la pantalla donde habitaba desde tiempo inmemorial, los ojos negros y profundos de Miguel, enmarcados por unas enormes gafas con luces de colores, le sonreían, mientras colocaba un plato de objetos brillantes para ella junto a la cámara de su ordenador.

martes 10 de marzo de 2009

Me viene, hay días, una gana ubérrima...


Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado a la diestra del zurdo, y responder al mudo,
tratando de serle útil
en todo lo que puedo y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, provecto!
Me viene a pelo,
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudarle a matar al matador —cosa terrible—
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.


De: Poemas humanos


CÉSAR VALLEJO

Mira arriba

¿Sabes algo? Noto que la primavera ya se filtra por las rendijas del balcón, parece mentira... Anoche, sin ir más lejos, el aire me olía a Dama de Noche. Tú no conoces todavía el aroma, cuando seas mayor lo harás y te gustará tanto como a mí, estoy segura. Y también el olor de la lluvia sobre la tierra mojada y los tejados y el Arco iris, que huele a caramelo de colores, y los libros… ¿A qué huelen los libros? Huelen a tierras lejanas, a cuerpos que danzan en la noche estrellada, a barcos hundidos, también a tu piel enredada en la mía.


Mira arriba pequeño, a ese techo que he adornado con luces de colores para ti…

Fíjate bien en ese color naranja que aparece por la esquina de la pared, formando círculos que se persiguen unos a otros sin llegar nunca a atraparse, carrera inútil e inevitable, como la misma vida, como la muerte misma.

Y esos puntos amarillos que se unen. ¿Los ves? Giran formando un luminoso astro en el centro de la cúpula. Siente sus rayos que llegan hasta nosotros y nos envuelven en su tibieza. Eso es, mueve los brazos y captura esos soles con tus manos.


Mira arriba pequeño, a ese techo que he adornado con luces de colores para ti…

Rojo, ahí llega el rojo, se extiende y abarca, se alarga y captura. Catarata roja por la que llegaste. Me vuelve la angustia, abrázame fuerte… Espada sangrante henchida en mi vientre. Me vuelve la angustia…

Me vuelve la ira. Abrázame fuerte… Barcos hundidos, agujeros negros, universo de color púrpura en el cielo.


La Dama de Noche, el olor de la lluvia, las tierras lejanas, un libro en mis manos, tu boca en mi pecho, abrázame fuerte… Gaviotas en vuelo…Te quiero, te quiero.

domingo 22 de febrero de 2009

Memorias

Esta noche, que ni el reflejo de la Luna y las estrellas llega hasta mi superficie, observo y siento en mí tu agonía, que es la mía. Quisiera poder consolar tu desdicha con la vida que antaño albergaba, ello ya no es posible hijo mío.
Sólo de mecerte soy capaz. Tratar quizás de hacerte soñar, ofrecerte mi memoria, camino recorrido desde tiempo inmemorial. Déjate llevar por mí.
Vivo desde siempre en este mundo. Mi infancia y juventud transcurrieron en un lugar muy alejado de aquí. Habitaba tierras vírgenes, de frondosos paisajes. Mis días estaban llenos de color, cascadas que me albergaban, rápidos por los que mi ímpetu juvenil avanzaba entre espuma purificadora, deleitándose con los seres que me ocupaban, surcándome, tiñendo mi ser de colores inimaginables.
A veces, me acercaba a la orilla para descansar y allí pude conocer a los seres más fantásticos que puedes imaginar, hijo mío. Conocí a las náyades, ninfas hermosísimas que danzaban descalzas sobre mí, que peinaban sus largos cabellos, ofreciéndoles yo el espejo de su magnífica belleza. Elfos traviesos que correteaban persiguiéndose unos a otros, y que a veces debía empujar hacia los guijarros, con mi lengua, porque en su inconsciencia, corrían peligro de morir ahogados. Los Hombres del Río, tañendo sus mandolinas en melodías que compiten con el canto de las cascadas, custodiando los caminos que conducen a los reinos fluviales, lugares incógnitos, protegidos con sus propias vidas.
Tantos seres, hijo mío… Y esta noche, en tu agonía, Sólo de mecerte soy capaz. Tratar quizás de hacerte soñar, ofrecerte mi memoria, camino recorrido desde tiempo inmemorial. Déjate llevar por mí.
También conocí a los humanos, sí, aquellos que como tú, se acercaban a mí, con pasión y temor. Los acogí con amor y admiración, los cuidé y mimé porque eran tan especiales… Construyeron canoas, cuyo paso permití alegremente, maravillado de su prodigiosa inteligencia. Recuerdo con nostalgia sus bronceados cuerpos chocando contra mí, los abrazaba protegiéndolos del inhóspito fondo.
Una vez pude llegar al mar. Sabía de su designio, pero pasaban el tiempo y estando yo tan ocupado alimentando y cuidando a los hombres; aplazaba siempre el Gran Viaje. Ocurrió entonces que la paz de aquel lugar se vio interrumpida por la erupción de la montaña mágica, el dios que allí habitaba bramó durante muchas lunas, haciendo que los hombres del poblado se marcharan. Yo quise impedirlo, puedes creerme. Me preparé para acoger en mí el fuego, apagarlo con mi cuerpo, proteger a mis criaturas humanas… No quedó nadie que se acercara a mi orilla, ya no me surcaban las canoas risueñas, nunca más pude abrazar a esos cuerpos perfectos. Me sentí tan vacío que mis aguas se tornaron grises, a pesar del sol radiante que asaeteaba mi superficie.
Tomé entonces la decisión de emprender el Gran Viaje y tras meses de recorrer infinitos caminos, una tarde, anocheciendo ya, pude verlo. Debo confesar que estaba asustado, que fui lentamente estrechándome, hasta quedar reducido a un pequeño reguero. Sólo así, tuve el valor de introducirme en su ser, sintiendo aún que una parte mía quedaba a salvo allí atrás. No puedes imaginar, hijo mío, lo que sentí. Yo que siempre he albergado, acogido, protegido a tu especie y a tantas otras que en mí han confiado; yo que nunca tuve refugio ni consuelo… Mi Padre me sostuvo en sus invisibles brazos, segundos de ternura, de seguridad infinita. En mis íntimas corrientes circuló el elemento salobre, vivificando cada átomo de mi ser.
Viví durante largo tiempo en aquel lugar. Maravillado por la alegría, la explosión de vida que emergía desde mi interior. Llevé a millas de distancia los sonidos mágicos de delfines y orcas, satisfecho de mi quehacer. Fui muy feliz.
Ocurrió entonces que comencé a echarte de menos. Temía no estar allí cuando tuvieras hambre, sed. Pasé noches y días debatiéndome y al final decidí volver a buscarte. Y ahora, aquí, meciendo tu final y el mío, sé que no pudo ser de otra forma.
Sólo de mecerte soy capaz. Tratar quizás de hacerte soñar, ofrecerte mi memoria, camino recorrido desde tiempo inmemorial. Déjate llevar por mí.