viernes 31 de diciembre de 2010

Escribía

Siempre escribía cuando algo la enternecía hasta tal punto de sentir una especie de azogue en el cuerpo que acababa concentrándose en el estómago, tal como un diminuto roedor socava las pareces que lo separan de un exquisito manjar.

Siempre escribía a golpe de emoción, porque le escocía el alma hasta tal punto que de no hacerlo, tenía la sensación de que se iba a incendiar por dentro y que concluiría su existencia como un montón de carbonilla apilada en el suelo.


Escribía en las paredes, en las losas resquebrajadas, en la caja de quesitos, escribía en las nubes, en las gotas de agua que presurosas resbalaban en incierta carrera por los cristales de su ventana.


Escribía sobre la diferencia de color entre las mareas y la luna y el constante fluir de los ríos, escribía de los encantos de las ninfas sobre los lienzos blancos que las envolvían. También lo hacía describiendo detalladamente el momento en que los colores se reunieron una noche para no distinguirse y empezaron a tocarse y a olerse. Las tímidas caricias del amarillo al lila hacían saltar chispas cósmicas que centelleaban sobre su cuerpo, dotándolo de vida y deseo.


Tengo noticias de que aún hoy sigue escribiendo. Quizás algún día nos pueda hacer llegar una de sus historias, quizás algún día encuentre de nuevo el camino que la conduzca hacia ella misma.